Los susurros de La Luz

25/11/2021 - 25/02/2022

Más allá de las geometrías, geometrías

Líneas, como radiaciones aminoradas

Insistentes, clarividentes

Cargadas de oculto

Dibujo para regresar a lo absoluto

Dibujo-destino

Henri Michaux

 

En una carta, Juana Butler agradece de haber tenido la posibilidad de gozar de su mundo interno. Con pasión describe que la música y la meditación la llevaron al color, el automatismo al ritmo, y la emoción a la luz. Desde pequeña, Juana supo que lo suyo era la pintura, ese amor indescriptible que vivió con pasión toda su vida. Tomó clases con su tío, el gran pintor Horacio Butler a los 14 años y más tarde en la Academia Nacional. 

 

Mediante formas orgánicas, que danzan en la tela, iluminadas a veces por detrás, otras con luz plena, otras por sectores, dando un efecto por momentos de recuerdo, por otros onírico, las pinturas de Juana Butler invitan a la contemplación. Las imágenes dan la sensación de aparecer y plasmarse, contundentes. Nos transmiten un clima caluroso, como de una tarde de verano en el campo cuando vemos todo fuera de foco por las altas temperaturas. Parecen olas enormes, de esas que genera el mar cuando está bravo, con un sol radiante en el centro, circular, rojo. Son todos signos del Reino Vegetal. 

 

En otras pinturas vemos diferentes escenas, algo surrealistas, fragmentos de ciudades fantásticas con colores levemente saturados, un gato corre y salta para atravesar la calle principal, y una mujer lo mira, parada en un suelo mágico. En un piso damero un caballito decidió descansar del juego del ajedrez, el cielo rojo tormentoso le deparará su futuro inmediato. La pintura parece teñida de un color violáceo. Juana sabe lo que quiere, eximia pintora, produce los efectos deseados de la luz y el color para generar este efecto fuera de la realidad. Domina a la perfección su territorio pictórico. Hay varias en las que aparecen diferentes símbolos, signos, unos seres parecidos a lo que conocemos como ángeles, mezclados con mujeres de melenas eternas en lugares solitarios irreconocibles. Espacios del inconciente ahora traídos al presente gracias al óleo y el aceite de lino, porque pasa eso, la Pintura le habla a Juana al oído, le cuenta sus secretos, tienen una relación muy cercana, y claramente, ninguna hubiese podido vivir sin la otra. 

 

Sin hacer cambios abruptos, sino más bien mostrándonos el proceso de su obra como una gran melodía desplegada, va abstrayendo cada vez más las formas que construye hasta finalmente hacer una pintura totalmente abstracta. Al inicio parecen seres que danzan en la tela, multitudes que se movilizan hacia un lugar desconocido, algunos fuegos aparecen, unos cascos, unos rulos. Ya hacia el final, la abstracción la toma, y no es casual. Después de haber pasado por diferentes etapas, me atrevo a pensar que prefirió dejar de lado el relato, lo escenográfico, lo vegetal, para dar cuenta de lo más sencillo y profundo de pintar, el encuentro con la Pintura misma, con el gesto, con el color, con la sensualidad del óleo, con la intensidad que implica el hacer. Le prestó su mano a eso que está más allá y que es inexplicable para explayarse en una tela. Como un médium quedaron plasmadas en esas obras todos esos encuentros. Con música de fondo, porque era una amante profunda de la música, Juana oficiaba de interlocutora de aquellos notas y del acto de pintar. 

"El sol es Dios", dicen que fueron las últimas palabras que dijo el gran pintor Joseph Mallord William Turner en su lecho de muerte, que parece, seguía obsesionado con captar la luz, hasta en el final. Esa fuerza poderosa es la que también movía a Juana, que nunca abandonó su tarea pictórica. Lo que sucede es que cuando un artista se da cuenta que lo es, ya no hay marcha atrás, aunque se quiera negar, es imposible, casi como un mandato divino, y ella supo canalizarlo y muy bien en toda su vida y nos dejó este legado impresionante.  

 

 

Paola Vega.