El grito de alarma esperan

Dicen que en tanto la vida pasa, los años se inscriben en la carne del árbol que envejece. Sus raíces maman el alimento del suelo, su tronco enreda el tiempo en anillos y sus ramas devuelven el fruto a la tierra. Sin árboles, no tendríamos más sombra, sin sombra no habría más agua y sin agua, no hay vida.

Del barro venimos y hacia el barro vamos. Desde tiempos ancestrales, mitologías y religiones diversas han explicado la creación del hombre a través del modelado de la arcilla. Un material tan frágil, dócil y maleable como la naturaleza humana, que desde épocas remotas ha hecho de esta pasta blanda material de construcción, contenedor de alimento y objeto ritual. Culturas originarias del sur americano enterraron a sus líderes junto a piezas de cerámica con rostro felino. Sus guerreros veneraban especialmente al jaguar, por la autoridad y el poder que infundía como superpredador del continente que era. En el bosque admiraban al ciervo por la cornamenta que ascendía desde su cabeza directo al cielo y desde abajo, reverenciaban al cóndor que, alimentándose de los muertos, elevaba sus almas al cielo y volaba inmortal.

En los últimos años, se ha visto un resurgir de la cerámica como soporte contemporáneo, sobre todo como una herramienta de resistencia frente al dominio actual de las imágenes virtuales e inmateriales. Al trabajar con el barro, la manipulación de los elementos –tierra, agua y fuego– supone volver a abrazar la posibilidad del error, lo irregular y lo inestable, tan propios del factor orgánico. Las manos que lo amasan y modelan, transmiten directamente su peso y su temperatura corporal a la pieza y en ese resultado, el anhelo por regresar a las formas imperfectas y recuperar la huella de vida perdida en nuestro mundo, queda impreso.

En una Argentina fumigada, talada y con especies animales y culturas milenarias extintas, recurrir a la cerámica es una decisión conceptual de armas tomar. Para Desirée de Ridder es también un proceso de sanación y un reencuentro con el campo que la vio crecer y la tierra donde echó raíces. A sus años dedicados a la pintura, el barro los volvió tridimensionales y por encima, los cargó de capas y sobrecapas de esmalte. En sus animales de paletas vibrantes, la ilusión se mezcla con la amenaza para exponer las problemáticas más inmediatas a nuestro tiempo: la devastación de la ecología global y las migraciones involuntarias.

Las vasijas, matrices contenedoras de vida, rodean el cuerpo de una fémina mutilada. Están todas despellejadas de color y el vacío de su vientre duele. Han engordado la tierra con la sangre indígena, diría Atahualpa. La herida sigue abierta, pero de ella ahora brota una leve esperanza de vida. Porque por más fuerte que sea el destierro, su tierra en ellos está todavía. Hombre blanco, Huinca, el verdadero rey de las bestias es el que vive a costa de la muerte de otros, arrastra cementerios al andar y deja que las guerras escriban su historia. Quizás algún día él sufra la extinción de otras vidas, como lloraría por la propia. Entretanto, en nombre de todas las víctimas del rubio depredador, el animal armado pide revancha y anhela venganza. Para devolverle a la tierra su voz, tan solo el grito de alarma esperan.

Elena Tavelli

The cry of alarm to wait

They say that as life goes by, the years are inscribed in the bark of the aging tree. Its roots suck the food from the soil, its trunk enmeshes time in rings, and its branches return the fruit to the ground. Without trees, there would be no shade; without shade, there would be no water; without water, there would be no life.

We come from the mud and go back to the mud. From ancestral times, mythology and different religions have explained the creation of man through the modeling of clay – a material as fragile, docile and malleable as human nature. Since ancient times, this soft paste has been used as a construction material, a container of food, and a ritual object. Cultures native to South America buried their leaders with ceramic pieces adorned with feline faces.

Warriors especially worshiped the jaguar for its authority and power as a predator. In the forest, they admired the deer for its horns that reached from its head straight to the sky. From below, they revered the condor which, in feeding on the dead, raised their souls to heaven and flew immortal.

In recent years, a resurgence of ceramics has been seen as a modern-day tool of resistance against the current dominance of virtual and immaterial images. When working with clay, the manipulation of the elements – land, water and fire – symbolizes re-embracing the possibility of error and of the irregular and the unstable, which is so characteristic of the organic factor. The hands that knead and shape it directly transmit their weight and body temperature to the piece, and as a result, the desire to return to imperfect forms and recover the imprint of life lost in our world, is produced.

In a fumigated Argentina, stripped of many of its indigenous animal species and native cultures, resorting to ceramics is a conceptual decision. For Desirée de Ridder it is also a process of healing and a reunification with the field that watched her grow and the land where she took root. The clay rendered her years dedicated to painting three-dimensional, and she filled them with layers and enamel overlays. The illusion of a vibrant pallet of animals combines with a threat to expose the most immediate problems of our time: the devastation of the world’s ecology and involuntary migrations.

The vessels and matrices containing life surround the body of a mutilated female. They are all peeled with color, and the emptiness of their belly hurts. Atahualpa would say that they have fattened the earth with indigenous blood. The wound is still open, but a slight hope of life now springs from it because no matter how strong the banishment is, their land remains a part of them. White man, Huinca, the true king of beasts is the one who lives at the expense of the death of others, dragging graveyards as he walks and letting wars write their history. Maybe one day he will suffer from the extinction of other lives just as he would cry for his own. Meanwhile, in the name of all the victims of the blond predator, the armed animal demands and longs for revenge. To return his voice to the earth, only the cry of alarm awaits.

 

 

Elena Tavelli