La montaña no es la montaña

Juan Pablo Marturano realiza paisajes escultóricos, retratos de montañas. Si los pintara, la materia de la pintura, sea óleo, acrílico, acuarela, no guardaría ninguna similitud con aquello que representa. En cambio, sus montañas de piedra, que no son montañas reales sino una imagen, sí son de piedra, como las verdaderas montañas.  La piedra, vio el nacer de los tiempos, guarda el origen de los metales, de la energía que la tierra produce. La montaña es una gran piedra que muestra la pequeñez del ser humano, el mismo que desde épocas inmemoriales, aspiró a llegar a su cima, se refugió o habitó sus cavernas que, eventualmente se convirtieron en su tumba. Ascender, peregrinar, son algunas de las acciones que la montaña pide. Con la imponencia de su masa, el secreto de sus entrañas que guarda océanos secos, mares de fuego y estelas de antiguos vientos, la montaña es símbolo y motivo para el arte de todas las culturas. Unión del cielo y la tierra, geometría de los dioses, el escultor recorre con sus ojos las aristas, camina las laderas y vuelve al taller donde la piedra cruda se transforma en su vivencia de la montaña. Artista formado en Argentina, Italia y Japón, Marturano recoge sabidurías tradicionales con las que compone su propio lenguaje que se nutre también de la performance. Montañista experto, sabe lo que hace cuando talla. Cada línea de su cincel, reproduce a escala, la escarpada superficie que transitó. La cámara fotográfica, parte de su equipo de expedición, ejerce el rol de captar el espacio negativo, el vacío, que produce la montaña.  

Como maquetas, o mejor dicho, como modelos reducidos, las montañas de Marturano son escenas, paisajes por derecho propio. Todo paisaje es una construcción cultural,  resultado de una forma de concebir la naturaleza determinada por los códigos conceptuales y estéticos de cada época. Contemplar la naturaleza la convierte en paisaje. Buscar los pliegues, doblegar los planos, permite tallar la montaña que cada partícula de granito o mármol lleva dentro. En un doble homenaje a la montaña y al escultor, Marturano dispone en el medio de la sala una instalación: Otro cielo, un mismo sol,que evoca la incontable materia que contiene una montaña. No son piedras incultas, son fragmentos con cortes, marcas o golpes, mínima expresión de la presencia de una mano humana, de una escultura. Gravitan, penden, se mecen, apenas agitadas por nuestra propia presencia frente a ellas. Como si respondieran a la mirada, nos señalan: “cada uno asciende su propia montaña”.  

 

María José Herrera

The mountain is not the mountain

Juan Pablo Marturano makes sculptural landscapes, portraits of mountains. If he painted them, the material of the painting, oil, acrylic, watercolor, would not have any similarity with what it represents. On the other hand, its stone mountains, which are not real mountains but an image, are stone, like the real mountains. The stone, saw the birth of time, keeps the origin of metals, the energy that the earth produces. With the imposing mass, the secret of its entrails that keeps dry oceans, seas of fire and stelae of ancient winds, the mountain is a symbol and motive for the art of all cultures. Union of heaven and earth, geometry of the gods, the sculptor traces the edges with his eyes, walks the hillsides and returns to the workshop where the raw stone becomes his mountain experience. Artist formed in Argentina, Italy and Japan, Marturano gathers traditional wisdoms with which he composes his own language that is also nourished by performance. Expert mountaineer, he knows what he does when carving. Each line of his chisel, reproduces to scale, the steep surface that he walked. The camera, part of his expedition team, exercises the role of capturing the negative space, the vacuum, that the mountain produces.

As models, or rather, as reduced models, Marturano mountains are scenes, landscapes in their own right. Every landscape is a cultural construction, the result of a way of conceiving nature determined by the conceptual and aesthetic codes of each era. In a double homage to the mountain and the sculptor, Marturano has an installation in the middle of the room: Another sky, the same sun, that evokes the countless matter that contains a mountain. They are not uncultivated stones, they are fragments with cuts, marks or blows, minimal expression of the presence of a human hand. Gravitate, hang, barely stirred by our own presence in front of them. As if responding to the look, they point out: "each one climbs his own mountain".

María José Herrera