La vida de las pinturas

Esa estrella fue mi lujo

La primera vez que hablé extensamente con Paola Vega acerca de su pintura fue en su exposición La posibilidad. Recuerdo que lo hicimos sentadas en un pequeño banco de madera ubicado frente a las pinturas que se desplegaban delante de nosotras: era prácticamente como estar en un balcón frente a la inmensidad, las pinturas parecían bruma y nos envolvían como una nube. Luego ese banquito se volvió un paisaje habitual en sus exposiciones, un modo de pensar la pintura y sus dispositivos de exhibición. Yo seguía su trabajo como pintora al igual que los posteos que hacía regularme en FB (por entonces la red social más visitada) donde publicaba fotos de artistas en sus contextos de trabajo. Es verdad que muchos de esos registros tenían impronta heroica y la mayor de las veces sus protagonistas eran artistas varones. Pintura y virilidad fue un cliché del retrato fotográfico moderno, por eso mismo su pesquisa se transformó en una investigación sobre artistas mujeres, pero esa es otra historia que celebra hoy la salida de su libro Las promesas por la editorial Iván Rosado. 

Lo que reparó mi atención por entonces fue la posibilidad de reconstruir mediante esos archivos la vida anterior de toda obra, me refiero a todos los espacios que habitó antes de encontrarse con una sala de exposiciones y entrar en el flujo institucionalizado de la mirada y la lógica curatorial. Me gustan esas fotos porque más que reproducciones de obras en su carácter aurático son registros de sus tránsitos y de una existencia siempre más nómade y contaminada que la que podemos imaginar cuando las vemos impecables en el espacio neutro de una muestra. La pintura en el taller se apila, en la casa del coleccionista se ubica arriba del sillón, y en el mejor de los casos –y si llega al museo–, se cuelga a la altura de la visión tipificada por la estética moderna. 

La pintura siempre miró a la pintura y ese principio fundó su discurso autónomo, pero en relación a este nuevo proyecto de Paola Vega me interesa situarme en el extremo opuesto a esta afirmación porque no se trata de reconstruir las citas eruditas que encuentran correlato en la narrativa de la historia del arte, sino entender la educación sentimental de su mirada formateada en el espacio doméstico, en los interiores pequeños burgueses y la ornamentación popular que luego conocimos como kitsch: “Mis referentes en el arte los conocí de adulta, pero mi ojo se construyó en la infancia”.  

Es momento, entonces, de repensar nuestro lugar de origen, de nuestra pertenencia de clase y género para comprender el sentido de nuestras trayectorias y así distinguir ese momento formativo inicial que tiene que ver con el entorno de los objetos con los que vivimos como campo de posibilidades y limitantes a la vez. Así es como La vida de las pinturas recrea libremente el interior de una casa con el repertorio de muebles en clave de estilo de los 50 –el mismo que transformó muchos de los hogares clase media de la ciudad—, que también hacían juego con la pintura. Los toques de sofisticación, lujo y banalidad los aportan los bibelot comprados en Mar del Plata y Omar Schiliro (1962-1994) como artista invitado, cuya obra concentra el magnetismo de lo bello a punto de estrellarse frente a la humildad de sus materiales. En esa cúspide se encuentra su producción, entre la cotidianidad del plástico de bazar, la sacralidad de su vocación artística y el refinamiento del cristal de caireles y rulos de lámparas antiguas que conseguía en la feria de antigüedades de San Telmo, el mismo barrio donde se encuentra la galería Calvaresi (que además de galería de arte contemporáneo tiene otra filial como anticuario) que ofrece su morada temporal para esta exposición. Un mix extravagante de lujo, pinturas y ornamentación organiza La vida de las pinturas con citas al gusto de época que se apoderó de los interiores de nuestras casas: desde el color té con leche de las paredes a los aparadores con fondo de espejos con perspectiva infinita donde se disponían simétricamente las tacitas y teteras, algún portarretrato y souvenirs de las efemérides sociales y familiares. También la pintura decorativa vestía esos muros, donde el género más visitado era el bodegón y las naturalezas muertas, a partir de las cuales se pintaron largas series de flores, composiciones con frutas y motivos semejantes. No casualmente esta pintura de lo íntimo conformó una poética de la proximidad que habilitó la llegada de la mujer a la pintura y constituyó su dominio expresivo. “Amo a la pintura” apuntó Paola Vega entre bananas, uvas y naranjas delineando su zona de autonomía: su propio reino. 

 

Jimena Ferreiro.